sábado, 18 de julio de 2009

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giada. Demasiada gente hubiera envidiado lo que yo poseía: mis padres de niños, los hijos invisibles de los pobres, los hambrientos de todo el mundo. Planeaba la siguiente fiesta, imaginaba los siguientes juegos, y esperaba que algún día llegara el cumplea­ños inolvidable.
Años más tarde esa situación cambió, por su­puesto. A los quince años los caramelos carecen de importancia, y las fiestas se dividen entre sobrias y alcohólicas. Pero julio, un mes cruel con sus hijos, no cesó en sus exigencias: era preciso aparecer en la playa, en las verbenas, en las discotecas, con faldas cortas, y tirantes finos, y bikinis mínimos, y caderas estrechas, y clavículas bien marcadas.
Los placeres que hasta entonces habían sido inocentes se tiñeron de culpa: ya no era posible gozar de las piscinas, y bañarse, y salpicar. Había que cuidar de que el corte del traje de baño fuera favorecedor, que los músculos se perfilaran suave­mente bajo una piel sin grasa. Comer se encon­traba bajo sospecha; y cuanto más deliciosa fuera la comida, más se debía recelar. Bailar no tenía obje­tivo si se hacía sin pareja, y la apariencia de felicidad sustituyó al auténtico goce.
Desde que el verano amenazaba con los calores de mayo, el placer que antes sentía por la luz, los días más largos, las ropas ligeras y de colores, se convertía en preocupación. Como a todo el mundo le gustaba el verano, todo el mundo adoraba los fines de semana y las fiestas, yo sonreía, y mentía, y decía que también me gustaban, porque yo de­seaba ser como todo el mundo.
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